(...) Le pido al tiempo que no me de olvidos,
y que de mí no quite los recuerdos,
de los jardines que él me ha plantado,
ahí donde mirar han querido pocos, y habitar aún menos;
para poder recordar cada uno de los milagros que dentro de mí él ha provocado;
pero por sobre todo le pido,
que en mi memoria nítida permanezca por siempre esa imagen:
la de su cuerpo girándose en esa esquina, para volvernos a mirar después de tantos años;
y poder recurrir a ella, cada vez que la vida lo encuentre necesario;
sobre todo, en sus inviernos,
porque esa imagen, tiene el poder,
de provocar en mí,
una eterna primavera (...)