martes, 31 de marzo de 2020

El amor en tiempos del Coronavirus



Descubrí que me gustaban los niños cuando tenía tres años y entré por primera vez a la sala del Jardín Infantil y vi sus ojitos de sueño, su pelo negro y sus pecas infinitas. Sentí que algo me pasaba dentro, como si mi cuerpo fuera a expulsar por la boca el corazón en cualquier momento. Y no dejé de mirarlo más. Ahora que lo pienso, quizás lo incomodé.

Le dije a mi papá que ese niño me gustaba mucho, y yo creo que ese día, mi papá también supo todo lo que le esperaba en su camino de paternidad.
Todos los días esperaba que llegara, para ver la forma de jugar con el y tenerlo cerca, aunque fuera por un ratito, hasta que él se aburriera. Muero por usar acá su nombre real, pero este niño aún existe y es ahora un adulto de 35 años, que probablemente, no recuerda nada de esto que voy a contar, y debería al menos, pedirle permiso, así es que lo dejaré en anonimato.
Un día, para el acto de Jardín, me eligieron para recitar una poesía. La verdad, no se si me eligieron o mi entusiasmo no dejó más opción que decirme que si. Me compraron un vestido lindo,  y me aprendí de memoria la poesía, pensando que al recitarla, él me vería distinta, y me dejaría mirarlo más de cerca y tocarle las pequitas. 

Casi no pude dormir la noche anterior. Pensaba en que con mi vestido tan lindo, no tendría más opción que encontrarme bonita. Pero a mi papá esa noche se le quedó la ventana abierta. Entraron zancudos y amanecí llena de picaduras. En todo el cuerpo. Además de las picaduras, el ratoncito de los dientes pasó esa noche y se llevó uno de los míos.
Llegué al auditorio, y ahí estaba él, como salido de un cuento. Corrí para mostrarle mi vestido, pero al mirarme, huyó, diciendo que yo tenía "peste", y le dijo a todos los demás niños que si se acercaban a mi, se enfermarían. Todos se alejaron y me miraban con miedo.

El corazón se me rompió en mil pedazos, y lloré sentada en una escalera, hasta que llegó mi papá y le dije que ya no quería recitar. Mi papá me consoló como pudo, y yo solo le pedía que fuera a buscarlo y le explicara que no era peste, sino que picaduras de zancudo. Mi papá lo hizo, pero no tuvo ningún efecto. Ese niño se asustó, y yo, quedé muy roja de tanto llorar el desamor.

Pero ahí estuvo mi papá, para decirme que tenía que a pesar de la pena, recitar igual.
-"Autosuficiente, independiente y valiente"-, eso eres. Vas a recitar igual. Y lo hice, no me quedó opción. Me secó las lágrimas, di esos últimos suspiros de llanto y me puse detrás del escenario para recitar. Con la cara roja, llena de picaduras de zancudo, con un diente menos y el corazón roto,  pero  tenía vestido nuevo y zapatos de charol. Tal como se ve en la foto.

Ese día le cerré para siempre el corazón a ese niño por cobarde y lo hice de una sola vez. Yo por él, habría hasta luchado contra la peste negra para conseguirle los legos más lindos del mundo, solo por verlo feliz.  Lo importante de la historia, es primero, que debo haber sido una niña muy llena de sentimientos absolutamente desproporcionados a la edad, con un desarrollo de la memoria en relación a las historias y vivencias que podría ser estudiado por la ciencia y, que afortunadamente estuvo ahí mi papá para hacerme entender que a pesar de las penas de amor, la vida seguía. 

Esa fue la primera vez que tuve el corazón roto. Pero no fue la única, vinieron muchas más con el tiempo, y de ninguna me he muerto, aún. He llorado como si no existiera un mañana, pero no suelo quedarme mucho enfrascada en la pena, por lo que he descubierto que no he vivido nunca los duelos completos. Tengo la capacidad de mentalizarme y dejar de sentir con la misma fuerza con la que siento todo. A pesar de lo anterior, siempre ha habido un después mejor y aún más feliz. Lo que si, no he aprendido a hacer las cosas distintas. El corazón roto nunca me había asustado, hasta ahora. Siempre me lancé sin miedo a vivir una y otra historia de amor, sin medir en absoluto consecuencias, y sin estudiar las reacciones del otro. Sin buscar ni esperar necesariamente reciprocidad y a veces, incluso amando por ambos. Siempre me dio lo mismo recibir algo a cambio, y ahora que me analizo, hasta me incomoda. 

No puedo quejarme de la vida, siempre ha existido algún niño capaz de verme, pero cuento esta historia del primer corazón roto porque he pensado mucho en el amor en estos días de encierro y cuarentena. Llegué de mi último viaje sabiendo que nada a medias me sirve. No porque no me lo "merezca", sino que simplemente, no lo quiero más así. Suelo quedarme igual, a pesar de todo. Aferrándome a los imposibles, simplemente, porque son imposibles. Y ya no lo quiero igual. 
No soy rencorosa, guardo un recuerdo y cariño especial por cada uno de los hombres que se han estrellado en mi vida, para quedarse por tiempos cortos, largos o intermitencias. Todos me han aportado en este camino. Me quedo siempre, con lo bueno y les deseo tantas o más cosas buenas para ellos que para mi. Y como en este periodo de pandemia, tantos de ellos se han acordado de mi para saber de mi vida y recordarme las cosas de las que se arrepienten, me he dado cuenta, de que hay cosas que he hecho bien, y que no ha sido nunca todo tan malo; pero han reafirmado mis ganas de no volver atrás.

Hace poco, estando en SF, California, entré a leerme la palma de la mano donde una psíquica, de esas con turbante y bolita de cristal de adorno. Me senté frente a ella, le pagué los 15 dólares, me miró y me dijo: "Mujer de muchos amores" - No tantos, le dije, solo los necesarios para ir aprendiendo, no quiero presumir" - Ella se rió y me vaticinó una vida de fortunas y felicidades. Salí radiante, esperanzada y con 15 dólares menos en el bolsillo.

Después de que se fue la euforia de mi futuro espléndido, entré en una reflexión interna acerca de los cambios que son necesarios para poder vivir el amor bonito que me han vaticinado todos los oráculos a los que he ido. Entendí que si no hago yo los cambios, estoy destinada a vivir el mismo ciclo de relaciones, en donde se me va en algún momento, la felicidad entre los dedos. Traduje esto en un principio en que: "No quiero de ahora en adelante, más hombres en mi vida". Pero con el pasar de los días y la introspección, me di cuenta que decidí tener una relación conmigo misma, y mantenerla en el tiempo; y que la relación conmigo misma, no debe impedir las relaciones con otros y viceversa. Eso quiere decir, que no dejaré por nada del mundo de hacer las cosas que me hacen feliz y que no quiero perder ni una sola parte de mi libertad nunca más. 

También entendí que el no querer más las cosas "a medias" no significa quererlo todo de una sola vez, sino que significa proporcionar los esfuerzos y afectos en la medida en que existe reciprocidad. Las relaciones en desequilibrio sólo llevan a más desequilibrio y no son capaces de sostenerse en el tiempo, aún incluso, existiendo amor o afecto. 
Entendí también que una relación sana no tiene que ser rápida necesariamente, y que debe conllevar al crecimiento de ambas partes, sin volverlas a ninguna, dependiente de la otra. Entendí que los esfuerzos y ganas no son mi responsabilidad única, y que sí es importante ver ese reflejo en el otro. Entendí que no tengo idea de relaciones de pareja sanas y equilibradas, pero que estoy dispuesta a no volver más atrás. Eso no quiere decir que mi esencia haya cambiado. Seguiré saltando de emoción por dentro cuando me guste un niño, no tendré miedo de decírselo, y me reiré a carcajadas igual de felicidad. Sólo que mi actuar frente a algunas cosas tiene que ser distinto, y lo más importante, es que no estoy dispuesta a quedarme si no siento equilibrio y seguridad, porque primero para mi, estoy yo.

Como todas supongo, tengo adentro una caja negra con muchos cerrojos. Descubrí que tengo pánico a que un hombre quiera abrirla y ver todo lo que hay dentro. En parte porque puede huir y en parte también, porque siempre he asumido que la caja es mía y sólo mía. Con ese pánico y todo, sin darme cuenta, le entregué las llaves a una persona muy especial. Y estoy aterrada por primera vez en mi vida. Nada me ha matado aún la intensidad. Sigo sintiendo adentro igual que la Paty Peña de 4 años. Lo que ahora ha cambiado, o está cambiando, es que no quiero impulsividad, quiero calma y mesura por primera vez en mi vida, quiero aprender a esperar. Quiero de ahora en adelante hacer las cosas bien, o al menos distintas para empezar. 

Da lo mismo lo que pase. Quizás esta persona especial y yo, seremos siempre como la luna y el sol, que jamás se encuentran. Quizás sí llega nuestro tiempo en algún momento. Nadie lo sabe, ningún oráculo, porque depende solo de nosotros. Para mi, él ha sido una oportunidad de cambio, y ya se ganó un lugar especial en mi historia de vida por eso. Lo que venga después supongo que lo veremos a su debido tiempo. 
Si hay algo de lo que no tengo ahora dudas, es que las personas llegan a nuestra vida para que cosas especiales pasen, y que permanecen en ella lo necesario. Y que solo en los juegos de azar se pierde. En la vida, siempre es más lo que se gana. 

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